viernes, 4 de diciembre de 2009

“Anda a acostarte, cierra fuerte los ojos y ya verás cómo te quedas dormida”. Fue casi lo último que me dijiste antes de que cada uno continuara con la rutina. Pero dime…. ¿Cómo es posible hacer tal cosa, si es en este estado en el que me surgen los arranques literarios, y mi mano se mueve sola sobre el ratón hacia la palabra? ¿Cómo atentar contra el pecho ya no apretado, sino que palpitante y entusiasmado? La verdad es que no te hice nada de caso, ni quise hacerlo (pero no porque pensara que estuviera mal, al contrario), planeo ocupar esta energía desbordante en escribirte algo, en des/mes/escribirte algo. Voy a tomármelo a pecho, aunque sea por última vez.
Siempre he creído que la gente se relaciona por una cosa de química, o feeling. De ese que te hace reír hasta la última gota de tristeza y preocupación. Que provoca que los pelos se ericen todos y la carne sea de pavo real. Que te hace querer gritar tan fuerte, pero lo único que se observa es el incesante temblorcito de la pierna. Que me hace sonreír, coronando el perfecto cuadro de mis cachetitos de oro. Ni te imaginas todo lo que puedes provocar con tus regañadas y tus sacadas en cara. Aunque bueno, entre bueyes no hay cornadas, siempre has podido descifrarme y desenredar la maraña de lana que me persigue a cada momento. Incluso, hasta puedo ver la botella de alcohol que traes bajo el brazo, bien apretadita (para que no se pierda), y que no dudas en utilizar cuando la herida está abierta y carnosa, cuando sangra e incluso pareciera hasta llorar.
Tu paciencia cósmica para escuchar, y tus clases fallías de conectores, son la mezcla perfecta para la montaña rusa rucia y sucia. Tus ojos verde pasto (con un toque de mañana de septiembre) con solo fijarse en los míos provocan que casi automáticamente pase de la pena la risa. Tu amor por el teatro y todos los valores que profesas, se encarnan (como una marca del indio) en mi piel y me insisten en que si hay otros caminos. Rayuela me persigue como no queriendo encontrarme, hasta en la sopa.
Si pudiera, te llevaría alto, bien alto, allí donde las nubes parecen hormigas, y en el horizonte se ven los planetas alineaditos, uno tras otro, mecánicamente/caóticamente. Te llevaría donde tu Martinica, esa isla preciosa que cuidas con tanto afecto. Donde te ríes, donde apareces tú, el que (aunque me criticas) pasa tan preocupado del resto, como yo digo hacerlo. Allí donde están pensando en este momento, que te guardas bajo la almohada, como esperando, como añorando que suceda.
… Vamos, decíme, contáme todo lo que a vos te está pasando ahora, porque o sino cuando está sola tu alma llora…
Tengo fe en ti, estaré ahí cuando te recibas, cuando cumplas tus sueños, cuando por fin puedas entregarte a lo que amas. Y nos vamos a reír, hablar por horas, y lentamente tomar nuestras mochilas y partir hacia donde la ansiedad y la cordura nos manden. He decidido tropezarme contigo en otra vida.