Oh Manuel! Volvimos a encontrarnos entre palabras y polvo, a seis mil quinientos la hora. Ya no tienes el semblante de niño inocente, tus facciones son más duras, tu voz es grave (como un Julio soñador), tus mejillas ásperas y tus manos… Tus manos Manuel!
Recuerdo como las mías, torpes y niñas, buscaban a golpeteos las tuyas, tanteando (con los ojos vendados) todo lo que hubiera a su paso, dando vueltas por la habitación, y de pronto, en un instante te unías y éramos dos locos girando, temblando ligeramente, y riéndonos, Manuel.
Es el recuerdo más grato que guardo de aquellos días.
domingo, 10 de enero de 2010
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