El paso de los días se h vuelto incesante,
como una suerte de continuidad de los parques,
o como una ruleta rusa interminable,
como las mil y una noches,
sólo que ya no recuerdo si mil noches o mil días,
o semanas, o parpadeos o suspiros.
Desde la apoteosis misma de aquella noche,
todo ha sido un ir y venir de sentimientos,
que enfermos se revuelven como murciélagos en mi estómago-cerebro,
en mi núcleo posterior del hipotálamo,
del cual se desprenden látigos de colores
que inervan mi piel cuando vuelvo a sentir tur manos,
deslizándose torpes y hasta toscas por el mouse (¿ratón?) de tu máquina de hacer maravillas, como un macondo más denso y profundo,
en donde solo estás tú y Felipe, y Miguel, y Julio, y Renato y Jaco.
Ese macondo conveniente e intocable,
en donde el tiempo desaparece y todo es en 2D,
quizás por eso me cuesta encontrarte, o puede que ni siquiera estés ahí,
sino que aún te encuentres entre mis himawari, allí en mi bolsillo, allí escondido y presente, junto a todo eso que conforma mi ICC.
Es inevitable, la colonia aún no termina por drogarme
y todavía se percibe el hueco en la pared que hiciste cuando te diste cuenta que no había salida, cuando me diste cuenta y me/te dejaste/dejé caer/volar.
Permíteme respirar por un momento, que ya estoy media azul,
y eso asusta al resto, lo digo por los ojos de huevo frito.
Permíteme romper esta burbuja y que entre el agua.
Nos vemos allá, en la serena melodía de ese, el de cinco cuerdas,
allá en la eternidad cortesana.
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